Sectas by Pedro Mtz. de Lahidalga

INTROSPECCIONES. POST 24

Los fanáticos crean un ensueño y lo convierten en el paraíso de su secta” (John Keats)

 Sabemos que el tamaño del cerebro humano ha ido aumentado de forma gradual y constante en los últimos tres millones de años y, en su evolución, el córtex (donde radica la inteligencia) se fue sobreponiendo paulatinamente a los primitivos bulbos del sistema límbico (que gobiernan nuestras emociones) y nos emparentan con el Australopithecus, por no decir con las lagartijas. Aún así no se ha llegado a una fase evolutiva suficiente como para evitar que los humanos nos conduzcamos por prejuicios, que nuestras decisiones o afiliaciones (y consecuentes filiaciones) no se fundamenten en razones, sino en propensiones emocionales que luego (solo a posteriori) intentan racionalizarse. Nos encontramos por ello en un estadio de la evolución en la que los individuos de nuestra especie, definidos aristotélicamente como animales racionales, más bien seamos unos animales emocionales intentando (con desigual éxito) convertirnos en racionales.

 Si esa lenta e incierta progresión de la herencia biológica (cuya deriva genética hoy se encuentra en entredicho por causa de la superpoblación) no fuera ya de por sí limitación bastante, añadámosle el agravante de esa enfermedad tan común en el género humano cual es la pobreza de espíritu (en román paladino: la falta de identificación con uno mismo), afección ensalzada para más inri mediante revelación divina en el sermón de la montaña: “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos” (S. Mateo, Mt. 5, 1-12), con la que a los aquejados de ese mal, en lugar de intentar sanarles, se les premia con la promesa de alcanzar el mayor de sus ensueños, nada menos que asaltar el cielo (porque tú lo vales). Igualito a lo que clamaba a su feligresía no hace mucho uno de nuestros geniecillos autóctonos con coleta en proclama referida a esa otra variante de cielo que es el poder, en este caso el poder político.

 Así, al resto del común de los mortales no afectados o no depauperados del todo por esta lacra, solo queda conformarnos con sobrevivir en este bello y perro mundo con  esfuerzo y diligencia, tratando de enriquecer nuestro espíritu con amor propio y respeto generalizado hacia el prójimo, soportando a su vez la penitencia añadida de tener que convivir sin remedio con ese ingente colectivo de pobres espirituales que pretenden subsistir gracias a la providencia divina o, lo que es peor, a su variante más pedestre consistente en seguir amamantándose (en vicio de lactofilia o lactancia para adultos) en las ubres de un Estado lactante. En definitiva, sea de un modo u otro, todos tratan de reclamar para sí salvoconductos hacia alguna forma de edén, abandonándose para ello (por la vía del pertinente apoyo y subsiguiente seguimiento sectario) al influjo de las miríadas de listillos, vividores y embaucadores, de clérigos o civiles pastoreando sus respectivos rebaños y de dogmáticos que no dudan en anteponer sus prejuicios (si no sus intereses) al debido juicio de la realidad.

 Son ellos, los prosélitos de cualquier secta, especímenes que nunca van a faltar y de hecho nunca han faltado en la historia de la humanidad, independientemente del tipo de entorno (religioso, político, social, cultural, económico, deportivo,…) en el que habitualmente prosperan. Hay que tener bien presente que los comportamientos sectarios no son exclusivos de las sociedades o de los individuos que integran lo que académicamente pudiéramos entender por secta, ese calificativo es extensible a las organizaciones y sus parroquianos que, independientemente del grado de institucionalización establecido en la congregación, aprecian en su actividad comportamientos intransigentes. En un mismo sentido, para permitirnos considerar a alguien como sectario no necesariamente tiene porqué pertenecer a una organización de las comúnmente aceptadas como secta u otra heterotopía cualquiera, un suponer: ser miembro de la iglesia palmariana de los carmelitas de la Santa Faz (el ejemplo tonto del Palmar de Troya), formar parte del Politburó del Partido del Trabajo del dictador Kim (el comunista coreano) o ser un xenófobo seguidor de un tal Quim (el neocarlista catalán)… Como decimos, cabe otorgar la consideración de sectario a individuos no encuadrados en secta alguna, baste con que su conducta social manifieste cualquiera de las múltiples formas del fanatismo.

 El pasado noviembre de 2017 los llamados “terraplanistas” (sí, defienden que la tierra es plana) celebraron en Carolina del Norte su primer congreso –Flat Earth International Conference– en el que, aparte otras lindezas, promocionaban un crucero con la intención de zarpar en un viaje hasta el muro de hielo que flanquea la Tierra (sic). Ante un planteamiento de ese tenor, nos preguntamos ¿cómo afrontar un diálogo con personas que consideran que la Tierra es plana? o, con idéntica zozobra intelectual (pero en asunto de mayor trascendencia para el futuro de la humanidad) cabe cuestionarse ¿cómo llegar a relacionarnos civilizadamente con extemporáneas cosmovisiones ancladas en el medievo: entiéndase yihadismos u otros fundamentalismos intempestivos?. De igual manera y volviendo al tema que nos ocupa (las sectas), se nos suscita parecido interrogante ¿cómo torear con ese inagotable popurrí de terraplanistas de toda condición, que tienen en común el poder de incubar en su interior las características o los comportamientos propios de las sectas?: Testigos de Jehová, Mormones o iglesia de los Santos de los últimos Días, Niños de Dios, las 12 Tribus, Hare Krishna, Moon o iglesia de la Unificación, Centro de la Luz Divina, movimiento New Age o Nueva Era, Dharma Tradición, iglesia de la Cienciología, Nueva Acrópolis, Siloísmo o Movimiento Humanista, Centro Esotérico de Investigación (CEIS), Meditación Trascendental, la Orientación, Neopentecostalismos, Escultismos (tipo Boy Scouts), Iglesia Cristiana del Palmar de Troya u orden de los Carmelitas de la Santa Faz, Camino Neocatecumenal (Kikos), Legionarios de Cristo, Opus Dei, Ágora, Arco Iris, Raschimura… son sólo algunos ejemplos tomados de forma ecléctica que nos sirven para dar una idea de cómo anda el patio.

 Los vientos de la posmodernidad nos han traído los nuevos movimientos New Age o Nueva Era, una corriente de espiritualidad (por decir algo) sincrética, difusa e inaprensible por informal, constituída a través de un conjunto heterogéneo de creencias religiosas o mitológicas y prácticas pseudocientíficas. Nacida hace algunas décadas como moda cultural, ha arraigado profusamente en esta sociedad ligh como alternativa a un idealismo ingenuo y relativista, donde sus seguidores asumen con naturalidad cualquier mezcolanza de credos por contradictorios que puedan parecer: lo mismo te concilian el panteísmo budista o hinduista con las creencias monoteístas de un Dios inmanente, como te relacionan a Jesucristo con el karma. Para el caso, resuelto en un batiburrillo de chiringuitos regentados por mercachifles donde se puede encontrar de todo, como en botica: teosofía, espiritismo, reencarnación, astrología, sexo tántrico y masajes, medicina alternativa, desarrollo personal, conocimiento holístico, macrobiótica y nutrición, yoga, umbanda, ocultismo, tarot, budismo, zen, ovnis, telepatía, karma, cábala… Un inacabable catálogo de terapias de grupo para consumo de tanto insatisfecho sabio-ignorante (Ortega) como hoy deambula en nuestra sociedad.

 Toda cultura sincretista contiene en su origen un principio noble, latente en muchos corazones (entre los que incluyo al mío) cual es la necesaria unidad del género humano. Un fundamento ya establecido con anterioridad en la génesis de diferentes organizaciones aunque, a la postre, hayan terminado resultando igualmente sectarias. Cabe referirse aquí a la denominada fe Baha´i (nacida en Irán a mediados del siglo XIX) la cual, de forma bienintencionada, propugna un único gobierno mundial (es de esperar que lejos de la distopía orwelliana) y en la que si nos paramos a analizar sus 12 principios básicos (exceptuando los 3 o 4 referidos a la religión y algún que otro detalle) dan ganas de apuntarse:investigación independiente de la verdad, unidad del género humano, la religión como causa de armonía y unión, la religión de acuerdo con la ciencia y la razón, abolición de todo prejuicio, la instrucción universal, igualdad del hombre y la mujer, un idioma y una escritura universales, paz universal, un tribunal internacional de justicia, resolución espiritual del problema económico y, finalmente, la unidad fundamental de la religión.

 Puede llegar a identificarse en alguna medida, a falta de la motivación religiosa, con algunos de los principios establecidos por las distintas logias masónicas, cuyos planteamientos dicen basarse en la fraternidad y solidaridad universales, en la construcción de una ética ecuménica, de un humanismo sin dogmatismos, del conocimiento racional, del análisis de la realidad y del debate civilizado. En nuestros lares queda representada por la Gran Logia de España (adscrita a la obediencia debida a la Gran Logia Unida de Inglaterra) y autodefinida como institución universal, ética, filosófica e iniciática, que persigue un ideal realizable fundado sobre la razón, la educación y el trabajo constante y paciente en su proyecto de un pretendido Nuevo Orden Mundial (NOM). Puede sonar bien, pero no nos cofundamos, a nuestros efectos sobra lo de iniciática, ese supuesto conocimiento oculto y mistérico, el discretismo de sus integrantes o hermanos, el secretismo de sus tenidas, el uso de símbolos, vestimentas y ceremonias de iniciación, su gradación jerárquica (aprendiz, compañero ymaestro) o su culto pararreligioso a un Gran Arquitecto del Universo (GADU)… En definitiva, su ramalazo esotérico u ocultista y su falta de transparencia la hacen merecedora de ser considerada a nuestros efectos como un ejemplo más de los sectarismos posibles.

 No debemos confundir toda esta fenomenología aquí apuntada con el hecho innegable de que las personas, para poder vivir, necesitamos en mayor o menor medida salir de nuestro yo, de comportarnos en sociedad como los animales sociales (zoon politikón) que somos. Ahora bien, ese talante socialmente afirmativo representa precisamente lo opuesto a una actitud sectaria, ya que esa asertividad social es la condición que permite expresar de forma positiva nuestros derechos, opiniones, ideas, necesidades o sentimientos de forma consciente, clara, honesta y sincera sin herir o perjudicar a los demás; por contra, el sectarismo se caracteriza por su intransigencia, su comportamiento dogmático e intolerante o, en último término, por su fanatismo.

 Teniendo en cuenta lo anterior y como conclusión a estas reflexiones, desde aquí abogo por rescatar y poner en valor las conquistas históricas de la era de la Ilustración dimanante de la llamada revolución científica (designada por Kant nada menos que como la salida de la humanidad de su autoculpable inmadurez), pueslos ideales de la ciencia, la razón, el humanismo y el progreso siguen necesitados hoy de nuestro amparo y custodia incondicionales. Tenemos que llegar a convertir la razón en el estándar innegociable para la comprensión de nuestro mundo, evitando a toda costa volver a recurrir a todos esos funestos generadores de engaño como la fe, el dogma, la revelación, la autoridad, el carisma, el misticismo, la adivinación, las visiones, las corazonadas, el análisis hermenéutico de supuestos textos sagrados… y tantas otras martingalas. Mantener un debate entre los terraplanistas de cualquier signo y el resto de la ciudadanía ilustrada resulta inverosímil por anacrónico, nos retrotrae a la discusión entre la fe, las convicciones y la racionalidad democrática.

Publicado originalmente en MasticadoresFocus.


Pedro Martínez de Lahidalga

Vitoria-Gasteiz. España

Arquitecto  técnico de profesión, lector impenitente de vocación y, últimamente, bloguero por devoción (a las letras). Escribo sobre temas que no rebusco, surgen fruto de una emoción previa que proyecto como relatos (inacabados) con la intención de dar sentida respuesta a ese primer y vívido (a más de vivido) entusiasmo, en franca y leal búsqueda del (re)conocimiento a través de la (re)creación. Lo hago libre de ataduras, modas o autocensura, así como desembarazado -tal que el bolero- de cualquier ansiedad, angustia y desesperación por (no) ser leído. Con semejantes antecedentes he llegado a publicar El latido del cibermono y hoy puedo afirmar que, mirado desde ese punto de vista, está resultando todo un éxito.

Blog https://elmonocalvo.wordpress.com

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s