DUDA, LUEGO… ¿EXISTE?

Estaba decidido a escribir.

Tenía todo lo necesario, pero dudaba si hacerlo a mano, con un lapicero y si este debía ser una pluma estilográfica, o un bolígrafo, aunque también podía utilizar la computadora e ir tecleando las palabras y las frases, que darían forma a sus ideas…

Tenía estilográfica, tres bolígrafos, varios cuadernos y por si acaso había comprado un paquete con cien hojas de papel bond tamaño carta. Si escribía con cualquiera de los lapiceros, lo haría en los cuadernos, porque eran rayados y así no se desviaría en la escritura. Felizmente tenía tres, porque pensaba escribir mucho…

Si escribía en la computadora, podría imprimir lo que hiciera con la impresora que estaba conectada a esta y así tener lo que escribiera para leerlo y en caso necesario, corregir, por medio de uno de los bolígrafos o con la estilográfica…

Dudaba y las cavilaciones sobre pros y contras llenaban su mente, no dejándole lugar para pensar en aquello sobre lo que escribiría; pasó un buen rato y le dio hambre. El estómago reclamaba y era mejor atenderlo, para que no distrajera con sus pedidos, la necesaria concentración que, intuía, le era imprescindible para escribir, por lo que fue hasta la cocina y se dispuso a preparar un sandwich y entonces lo asaltó la duda: ¿Jamón o queso? Tal vez solamente un pan untado de mantequilla y con mermelada de fresa. Un café era imperativo, pues los escritores toman mucho café, pensó, porque aclara las ideas…

Sirvió una taza de café y lo colocó en el horno de microondas. ¿Qué tiempo era el apropiado para que el café estuviera lo suficientemente tomable, porque quería que durara caliente, pero que no lo estuviera demasiado…? Dudaba entre sesenta o noventa segundos y se quedó pensando; mientras pensaba, se sirvió un pedazo de la torta que estaba, cubierta, en el mostrador de la cocina.

Con la torta en un plato y un tenedor, sacó una servilleta de papel y se fue caminando hasta la habitación que acondicionara como escritorio y se sentó a comer la torta, pero le pareció un poco seca y dejando el plato, más la servilleta de papel sobre el escritorio, volvió a la cocina para servirse un vaso con agua y regresó. Bebió unos sorbos y terminó la torta, cuando de pronto se dio cuenta que había dejado por ahí el libro que estuvo leyendo y que parecía interesante…

Se acomodó en el sillón que había colocado debajo de la ventana y abrió el libro por la página que el marcador señalaba. Se iba a disponer a leer, pero antes descorrió la cortina para que entrara más luz y notó que estaba oscureciendo y que no iba a poder leer bien. Encendió la luz de la lámpara de dos focos del techo, dejó la cortina cerrada y se fue a la cocina para dejar vaso, plato y tenedor en el lavadero y pensar qué comería esa noche…

Manolo Echegaray

Imagen: https://andro4all.com

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