DISONANCIA by Pedro Mtz. de Lahidalga

Creo en el Dios de Spinoza, que se revela en la armonía  de lo existente, no en un Dios que se interesa por el destino y las acciones de los seres humanos” (Albert Einstein)

 Me madrugo transitando la angosta carretera que cruza las aguas de una de las tantas marismas cantábricas, mientras despunta uno de esos radiantes días de sol de este extraño invierno en el que febrero (no ya marzo) mayea. Un perfume salobre acompaña a la brumosa bajamar que busca esfumarse por entre las serpenteantes lenguas de tierra e islotes de marjales que el brezo marino tapiza de un verde rojizo. Las lavándulas ya florecidas jaspean en lila una vegetación marismeña que va abriéndose paso entre rodales, hasta dar contra la cortina de cañas parduscas de los difuminados bordes cañaverales. En los canales, entre bandadas de gaviotas patiamarillas, una pareja de cormoranes presentan su estilizado perfil con las alas abiertas en uve y al otro lado, ya en zona intermareal, patos y garzas componen el ritmo del tiempo reverberando sus graznidos nasales… Como contrapunto a tal estridencia, en una suerte de polifonía, suenan solapados dentro del coche los primeros violines del Canon en re mayor de Pachelbel, el aire se tensa impelido por la gravedad del obstinado chelo y algo en mi interior se desborda. Aparco a un lado y subo el volumen de la música al mismo tiempo en que las garzas reales emprenden su altivo vuelo. Cierro los ojos para pensar si no es que por un momento haya perdido la noción de la realidad abrumado ante tanta belleza.

 A decir verdad, nada nuevo bajo el sol. En la Antigüedad clásica la música, entendida como ciencia matemática en lenguaje no-verbal con capacidad para expresar ideas filosóficas sobre el mundo y la naturaleza del ser humano, era considerada disciplina central en un modelo de educación que perseguía el desarrollo íntegro de la persona mediante la combinación holística de artes y ciencias. La música de las esferas pitagórica, remite a una búsqueda de la belleza como armonía y ésta como propiedad del cosmos, en franca unión de cosas distintas formadas a su vez por diferentes sustancias mezcladas, en un consenso armónico de lo disidente (conocimientos técnicos, experiencias prácticas y reflexiones generales sometidas a las reglas de la simetría, los cánones y los principios estéticos). Posteriormente los socráticos harían depender la belleza más de la conveniencia y no tanto de la proporción, concluyendo que algo es bello cuando sirve a su objetivo y se adapta a su fin: esta belleza socrática se entendería próxima al hombre y la pitagórica, más contemplativa, al cosmos. Los hedonistas ya directamente conciben la belleza como lo que produce placer por medio de la vista y el oído, promulgando la imitación –mímesis– del arte a la naturaleza, en su mantenida convicción de que el hombre es la medida de todas las cosas… y todo en ese plan.

 Como Einstein, salvadas sean todas las distancias, yo también he sentido la fascinación de ese panteísmo de Spinoza (el primer filósofo que rechaza la distinción entre el creador y la creación) preconizando esa hermosa idea de que lo sacro está contenido en la propia naturaleza. Una deidad que, a la vez que expande su universo connatural, reúne para sí toda la perfección a la que pueda aspirar el ser humano en su afán por conquistar las cimas más refinadas del espíritu (esas situadas en la cúspide de la pirámide de Maslow: belleza, bondad, verdad, justicia, armonía…) cuidadosamente depositadas en este su lugar sagrado que debe ser respetado, allí donde los ángeles temen pisar (G. Bateson). Para el gran filósofo seiscentista (1632-1677) ese Dios tan esteta fluye por entre los verdes valles, planea sobre cimas nevadas, discurre en las aguas de ríos incontaminados, abriga la furia del mar refugiado en serenas ensenadas, se confunde con los delfines azules o con la risa de los niños… En sugestivas a más de tentadoras percepciones de las que luego, una vez vulgarizadas a conveniencia, se han ido aprovechando toda suerte de profetas y otros embaucadores de la modernidad (hippies y neo-hippies, gurús de yoga para señoras aburridas, mercachifles de herboristería…), por no hablar de los infinitos vendedores de humo de nuestra desencantada y líquida posmodernidad, si no de la actualísima e hipermoderna era del vacío (Lipovetsky).

 Qué decir del siglo XIX, una época en la que la música o el arte en general era el centro de algunas de las propuestas filosóficas más atractivas. Schopenhauer propone una metafísica de lo bello basada en la experiencia estética, desde la serenidad de corazón que entiende solo puede provenir del puro sujeto de conocimiento suscitado por ciertas bellezas naturales y ante cuya aparición la voluntad tiende a desaparecer de la consciencia. El melómano Nietzsche, el malogrado musicus con el que en ocasiones firmaba, ante ese viejo conflicto de irresoluble ambigüedad cual es el desenmascarar la eterna ambivalencia entre la razón y la emoción (entre lo apolíneo y lo dionisíaco, el conocimiento que nos salva y el canto de las sirenas que nos destruye) lo plantea como una dicotomía entre el inicio que es la música y la consumación que es la palabra, pidiéndole a aquélla que aporte naturalidad, luz meridional, instinto…, para concluir afirmando que “sin la música, la vida sería un error”.

 Bien al contrario la filosofía contemporánea, con Wittgenstein a la cabeza, se ha construido fundamentalmente a través del lenguaje como representación del mundo, sin ese fondo de emoción musical, sin aquél contrapeso original y lírico tal como hasta entonces se había entendido. De aquella inveterada metafísica de la belleza se pasa a una teoría del arte como mirada, transformada para el caso en una idea de música inarmónica (en aparente contradiós) mediante discordantes y perturbadoras experimentaciones, una especie de sistema polifónico de sonidos inconexos (el sello de autenticidad en las marcas del desorden de Adorno) en consonancia a una pretendida analogía con la sociedad actual. Ese advenimiento de sonoridades extrañas o la consecuente aceptación del politonalismo son algunos de los fenómenos que han contribuido a esta predeterminada y consciente condición inarmónica de la música y, por ende, del pensamiento humano: la reestructuración en lo efímero propia de la posmodernidad, o sea.

 En esas elucubraciones estaba cuando vuelvo de estas minivacaciones y me encuentro a una humanidad desestructurada e irreconocible ante el aleteo de una mariposa. La bicha del murciélago de herradura chino ha roto de un plumazo el imperceptible y siempre inestable equilibrio de las cosas, una perturbación que pareciera querer dar la razón a estos penúltimos pensamientos artísticos y filosóficos inarmónicos, que me obligan a cambiar el título original Armonía (fruto de esa emoción primera con la que había comenzado este artículo) por el de Disonancia,  su antónimo, más acorde con la actualidad si no con una realidad humana enfrentada a su recurrente e insoportable levedad.

 Una bofetada que nos devuelve de golpe a la realidad más palpable y que debiera servir de aldabonazo que nos predisponga para acometer sin más demora la urgente tarea de cribar el grano de la paja acumulada en nuestras sociedades. Discernir entre el grano de qué (cultura, respeto, conocimiento, empatía, esfuerzo, estudio, trabajo, mérito…) y de quiénes (sanitarios, ingenieros, científicos, educadores, trabajadores, agricultores…) son los verdaderos sujetos indispensables en cualquier sociedad moderna… frente a la paja de los relatos vacíos en los discursos de los políticos, los sermones de los moralistas, los análisis de comunicadores apesebrados o los augurios de los profetas. En definitiva, revertir la insufrible influencia social de ese sobrevenido carrusel de legiones de parásitos con carnet, de burócratas de la nada con gaseosa, de predicadores de relatos para lerdos, de propagandistas de secta propia, de libertadores de irredentas arcadias, de asociaciones de llorones subvencionados, de mequetrefes ricos e influyentes al calor de basuras televisivas, de sinsorgos o chiquilicuatres con ínfulas de académico, de mastuerzos con altavoz y vistas al mar… para, más temprano que tarde, llegar a empoderar (como se dice ahora)  a esa inestimable pero silenciada mayoría de ciudadanos responsables.

 No obstante ser éste tiempo de solidaridad, habrá que estar muy atentos para evitar ser atraídos por los constantes cantos de sirena entonados por los que nos tele-dirigen a las redes de los innumerables pescadores en río revuelto, cuyas artes de arrastre (con la excusa de proteger a sujetos colectivos abstractos) sirven para protegerse a ellos mismos y terminan arramblando con todo, empezando por nuestras libertades. En mi caso, yo sí estoy interesado por el destino y las acciones de los seres humanos mas, ajeno a ello, ese Dios spinociano no sabe de pandemias y celebra el equinoccio de primavera permitiendo a las primeras prímulas florecer con sus violentas tonalidades violáceas y amarillas sobre el paisaje apacible y verde del jardín. Desde la casa resuenan los primeros violines del concierto de Brandenburgo nº 5 de Bach…

Blog: https://elmonocalvo.wordpress.com

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