EL LOCO by Q.Molina (I)

A sus espaldas, los compañeros de la brigada municipal le llamaban “el loco del ruedo”, pero le traía sin cuidado. Juan simplemente disfrutaba con su trabajo y lo hacía bien. Le habían encargado del acondicionamiento y limpieza de la plaza de toros durante la temporada de verano.

El primer día que el capataz le mostró las instalaciones, le explicó cómo distribuir la arena de manera uniforme para que el suelo tuviese un aspecto limpio y natural.

—Sobre todo, ten cuidado de que no se vean manchas de sangre seca —dijo haciendo un gesto de asco—. El toreo es un arte y la plaza un templo sagrado, no un matadero.

Si lo deseaba y disponía de tiempo, le sugirió que podía peinarla y crear algún círculo alrededor del perímetro o en el centro.

—Eso queda de lujo, lo he visto en la televisión —dijo el encargado—. Claro que las grandes plazas tienen maquinaria para esos menesteres. Aunque seamos una pequeña ciudad de provincias, lo que no quiero son chapuzas. Si vas a hacer un círculo o dos, los quiero bien hechos, bien redondos —añadió.

Después lo acompañó a un cuarto cercano a los corrales donde se guardaban los utensilios. La puerta reseca y fundida con el marco crujió fuertemente antes de abrirse.

—Coño, esto está hecho una ruina —se quejó el capataz mientras se sacudía el polvo y la tierra que le habían caído encima.

Dentro había una carretilla verde con la pintura descascarillada y la rueda desinflada, una pala roma y oxidada, un muñón que en su día fue una gran escoba de brezo, dos cubos metálicos y una estantería polvorienta donde las telarañas, aún más polvorientas, ocultaban botes abandonados de pintura, rodillos secos y brochas petrificadas. Unos carteles de antiguas corridas, con colores desvaídos y diestros ya olvidados reposaban contra el estante. Un viejo rastrillo de madera, grande y tosco, estaba apoyado en la esquina. La dentadura estaba en mal estado. Le faltaban algunas púas y otras estaban rotas. Juan se acercó, lo agarró y lo examinó desde todos los ángulos.

—Eso no vale pa ná —oyó a sus espaldas—. Mañana vendrá Benito y te echará una mano para arreglar todo esto y de paso te traerá un rastrillo metálico, de los que no se rompen.

Pero Juan dijo que no, que él se encargaría de arreglarlo mientras lo apoyaba de nuevo contra la pared. El otro, encogiéndose de hombros, dio por terminadas las explicaciones, le entregó la llave de la puerta de servicio y se marchó.

Se llevó el rastrillo a casa. Al día siguiente, cuando regresó, los dientes rotos habían sido sustituidos y los huecos vacíos de aquella mandíbula de madera habían sido reparados. Había escogido cuidadosamente la rama de un fresno y, con esmero, talló las púas con su navaja y luego las encajó hasta dejarlo perfecto.

—Eres un manitas Juan, te ha quedado como nuevo —fue el comentario de Benito cuando se encontraron en el ruedo a la mañana siguiente.

—Para que un lápiz escriba hay que sacarle punta y entonces una simple mina de carbón puede dibujar el mundo entero —dijo.

Su trabajo lo repartía entre la limpieza de las gradas, el repaso con pintura de las maderas que remataban los asientos, la barrera y, especialmente, los burladeros. “Rojo inglés” y “verde carruaje” se podía leer en las etiquetas de los botes. Una combinación cromática que a él, inevitablemente, le recordaba el contraste de las amapolas en los verdes campos de trigo o los ramilletes de cerezas colgando como joyas brillantes de los árboles. También, de vez en cuando, hacía ocasionales trabajos de carpintería en las maderas de la valla, malparadas por las embestidas de toros demasiado bravos.

Pero el trabajo que realmente le entusiasmaba, y que le había valido el apodo, estaba relacionado con la arena: acondicionarla, limpiarla y dejarla a punto para la próxima corrida. Esto último no lo consideraba un trabajo, incluso le dedicaba más tiempo del que su horario laboral marcaba.

Juan disfrutaba con ello. Miraba aquella extensión como si fuese un desierto de arena, perdiendo la vista en el horizonte, como si allí no hubiese límites, ni ruedo, ni plaza, ni ciudad… y, entonces, el rastrillo descendía y se deslizaba sobre la arena dibujando círculos y espirales, caminos rayados y rutas sinuosas. Absorto en un trayecto externo que, desde su interior y a través de sus brazos y sus manos, se extendía al rastrillo, el vehículo de la expresión de su mundo íntimo, de los caminos y senderos que recorría su corazón. Luego, eso sí, debía borrarlo todo; ya le habían advertido que aquella no era manera de dejar la arena, que él no era Picasso, que hiciese las cosas como se las habían ordenado. Y con paso cansino sus lienzos siempre acababan barridos por una espiral concéntrica que llenaba toda la plaza.

Se acercaban las fiestas municipales y una inusual actividad invadía el ambiente. Los hoteles colgaban el letrero de “completo” y se veían turistas paseando por las calles, con coloridas vestimentas y sandalias.

Juan rastrillaba la arena, preparándola para la fiesta cercana. El rastrillo dibujaba extraños motivos que solo su alma conocía. Por eso no se percató del grupo de japoneses que, aprovechando que la puerta había quedado abierta, se colaron en el recinto. Al verlos, decidió ignorarlos y continuar con su trabajo mientras exclamaban y señalaban con júbilo y disparaban sus cámaras en todas direcciones.

(Continuará)

Q.M.

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