EL LOCO by Q.Molina (II-final)

Oyó que alguien se acercaba y reparó en él. Un japonés, un anciano de cara arrugada y ojos sin edad, lo saludó con una inclinación de cabeza y mirándolo a los ojos, dijo sensei, y luego pronunció unas palabras. Juan se encogió de hombros hizo un gesto negativo. Su visitante asintió ante la imposibilidad de comunicación y, saludando nuevamente, se incorporó al grupo que, entre destellos de flashes y risas, abandonaba el lugar.

Habían pasado cinco semanas desde aquel día, cuando en la tarde del viernes el japonés regresó. En esta ocasión vestía un hábito largo y oscuro de monje. Le acompañaban tres más y, además, la secretaria del ayuntamiento. Con dificultad, hablaban en inglés entre ellos. La muchacha asintió y acercándosele, con una sonrisa incrédula, le dijo:

—Juan, estos señores han venido desde Kyoto para conocerte. Son monjes de un monasterio zen. El abad estuvo aquí hace unas semanas. Viene a pedirte un favor.

­—Si está en mi mano poder hacerlo, lo haré —respondió, extrañado, mientras miraba al religioso.

Ella hizo un gesto afirmativo a los monjes. Dos se separaron del grupo, dejando tres bolsas de viaje dispersas por el suelo, a una cierta distancia. El abad hablaba con la joven, que nuevamente se dirigió a Juan con una mueca de extrañeza en el rostro.

—Te pide que rastrilles la arena, siendo tú mismo. Sin pensar en nada más —dijo—. Por allí —agregó indicando la zona donde se hallaban las bolsas.

Deslizaba el rastrillo, describiendo movimientos ondulantes sobre la arena, trazos curvos y sinuosos. La arena, bajo el impulso del rastrillo, se movía agitándose, viva, convertida en olas de agua, bañando las costas lejanas y llegando a aquellos tres islotes, rodeándolos con círculos concéntricos y remolinos, con corrientes marinas transformándose en olas suaves que regresaban para bañar sus pies. La mirada impasible de los religiosos contemplaba el espectáculo sin mostrar la más mínima turbación. Los ojos de la muchacha, tan abiertos como su boca, no podían apartar la vista de la magia que estaban presenciando. Se detuvo el rastrillo, y la secretaria miró a uno y otro. El abad se adelantó hasta situarse frente a Juan y le hizo una petición.

—Tu habilidad es la de un maestro —tradujo la joven estupefacta, y luego añadió—: Y te ruegan los acompañes a Japón para que puedas enseñarles, para poder aprender de ti. ¿Qué vas a hacer? —preguntó.

Se quedó en silencio.

La totalidad de los empleados del ayuntamiento, personal administrativo y operarios se preguntaron durante mucho tiempo, entre gestos de incredulidad y expresiones de sorpresa, ¿qué tendría aquel operario insignificante? Especialmente cuando aquel atardecer lo vieron salir de la oficina del alcalde, seguido por la secretaria y los monjes, y subir al vehículo que los esperaba.

A la mañana siguiente, el capataz explicaba a los empleados que Juan se había ido de vacaciones. Los japoneses, muy aficionados a las corridas de toros, se habían encaprichado con él, tanto que le habían pagado el viaje. Y abrió los brazos, las palmas hacia arriba, dibujando una mueca de incomprensión en su rostro.

—Todos los locos tienen suerte —gritó uno. Un coro de risotadas se elevó al aire.

El mismo aire que surcó el avión y transportó a Juan al país del sol naciente. Una pequeña bolsa de viaje constituía todo su equipaje, y el rastrillo, delicadamente envuelto por los monjes en telas azules, como si se tratase de una reliquia santa.

Nunca regresó.

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