SOMOS LA REVUELTA by Gonzalo Rivas

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Era 18 de octubre y en las noticias se mostraba lo que era la manifestación más grande que se había visto en este país, en esa misma tele en donde nos manipulaban para que pensáramos que los pobres teníamos la culpa, ahora mostraba en sus pantallas, que las grandes alamedas estaban abiertas, pero no entraba el hombre libre, entraba el hombre con cadenas y se subía arriba, como si Sísifo fuese, de la estatua de Baquedano, en Plaza Dignidad. El epicentro de la revuelta. Mis ojos veían todo lo que tenían que ver. Recordé muchas cosas, mucha historia, esa historia que se habían encargado de esconder, de cambiar de nombres, nombrando a la dictadura un gobierno, o a la dictadura una democracia. No podrán borrarnos la memoria pensé, es nuestra labor como jóvenes mantener la llama prendida, ser los que toman la posta de aquellos que perdieron la vida en una noble lucha, aquellos que murieron en manos de la tiranía, aquellos que cantaron a la diferencia, aquellos que tomaron las armas como algún día lo hiciera Manuel Rodriguez o Miguel Enriquez.

Antes de que esto ocurriera, sentía que yo no vivía en la época correcta, debería haber vivido en los sesenta decía, me acuerdo que con mis amigos hablábamos estas cosas y era común este pensamiento, todo el movimiento hippie y la arremetida de gobiernos marxista, el reflorecimiento de la cultura y el arte. Pero vivíamos en una época en donde no ocurría nada, no había nada que descubrir, ni ningún pueblo que liberar, pero me equivocaba.

Ser un revolucionario son palabras grandes, un titulo nobiliario que solo se merecen grandes personajes de la historia como lo son el Che, Fidel o Luciano. En la revuelta no había ningún revolucionario, todos éramos rebeldes, todos éramos hermanos.

La televisión se encargaba de nombrar el momento histórico como “estallido social” pero lo que no sabían era que nosotros éramos la revuelta, somos la revuelta popular.

Era sábado y me impresionaba que nos hayamos levantado un fin de semana en armas, lo normal sería dejarlo para el lunes, pero esto no aguantaba un fin de semana más, estaban todos y todas enrabiados. Me acuerdo de que esa misma semana mi padre estaba ofuscado, había trabajado toda su maldita vida, para que luego el estado le pagara una pensión de miseria, porque en realidad se habían robado todo, bueno casi todo, pero y nisiquiera era el estado. Este mismo decidió que empresas manejaran las pensiones. El resultado era creación de vejez pobre e indigna, en cadena, como el fordismo. Primero nos das tu dinero, luego jugamos con él, si gano ganamos, si pierdo solo pierdes tu. Era angustiante pensar en que había que ponerse a trabajar ojalá lo antes posible, para ahí recién ponerte a pensar en tener una pensión decente, lo cual para ser sinceros era imposible.

Hagamos lo imposible.

A veces las balas no tienen forma de bala, a veces tienen forma de autos o de camiones, de militares, de puños, de injusticia, de pobreza, del presidente y sus secuaces.

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Y si vamos a cobrar los puntos Cencosud que nunca cobramos?

Era 19 de octubre, y el deber ser, el deber moral de todo rebelde provinciano era claro. Cuadrarse con la primera línea metropolitana, con las y los compas que arriesgaban su vida en una guerra declarada por el gobierno. Teníamos que ver arder esta altanera ciudad también y así fue. Entrada la tarde las calles se prendían en barricada y fogatas. Hombres y mujeres con cacerolas y cucharas, golpeándolas, generando ese ruido tan característico. ¡Tan tan! ¡tantantan!

Las capuchas, esas mismas que la televisión nos hizo creer que eran utilizadas solamente por delincuentes, tomaron un valor y un simbolismo distinto porque era utilizada por los rebeldes, por los que ansiaban el anonimato y cansados de la represión se ponían sus capuchas, porque si alguien sabía nuestra identidad, nos tildarían de extremistas y que vivíamos en tal casa y después desapareceríamos o seriamos vigilados. Las calles ardían, y no solo por el fuego, sino que de rabia, sobre todo de rabia. Éramos miles en las poblaciones. Un día domingo, nadie lo pensaba, como era posible que el pueblo se levantara un día festivo

Fue cuando una multitud se agolpaba en una de las principales arterias de la ciudad, que pasaba por la población en donde vivía y teníamos el control de la calle, éramos más que los pacos, éramos los niños y niñas que habían luchado por una educación gratuita años pasados, porque la educación fuese un derecho social y no un bien de consumo. Éramos esos niñes y también éramos los abuelos de pensiones de miseria, de

familiares muertos en pasillos de hospitales esperando una atención digna, algo que nunca llegaría. También mujeres violentadas y mujeres muertas por abortos clandestinos. Éramos los niños de infancia vulnerada, de canchas de tierra y polvaderas cuando la pelota era dividida. Fue ahí cuando alguien dijo que fuéramos a saquear el supermercado. Y mis pensamientos se fueron de la memoria al presente. ¿Será esa moral cristiana que nos hace dudar con su mandamiento: no robarás, ¿qué en realidad no había que hacerlo? ¿Por qué hacerlo?

Porque el dueño de aquel supermercado era un cerdo capitalista y eso era razón suficiente.

¿Y si vamos a cobrar los puntos Cencosud que nunca cobramos?

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Era lunes 20 de octubre y ¡Oooooh Chile despertó, despertó, despertó, Chile despertó.!

La protesta desde el día sábado no se detenía, nadie nos iba a detener porque éramos millones y nuestros líderes también éramos los mismos millones.

Las protestas esta vez se concentraron de día en el centro de la ciudad, durante el día ardía el centro de Concepción y durante las noches ardían las poblaciones. La rotonda de Paicaví con Carrera fue el epicentro de la revuelta durante los primeros días acá en Concepcion, ¿la razón? Porque había al lado de ahí un Sodimac, un negocio de maderas y materiales de construcción, muebles, ferreteria, etc. La central de abastecimiento de todas las barricadas de la comuna.

Pasaron muchas cosas ahí, vi a mis amigos encapuchados, que los reconocía porque las miradas siempre nos delatarán, vi a mis amigos ladrones aprovechándose, llevándose taladros percutores carísimos y luego yéndose a su casa sin incendiar nada y con las manos llenas de cosas por vender.

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La noche anterior el Sodimac explotó y todos sabíamos quienes habían sido. Fueron los milicos, que en toque de queda se dejaron caer en ese recinto porque en ese momento la protesta se había trasladado a las poblaciones y el centro de Concepción estaba vacío. Dinamitaron nuestra central de abastecimiento, ya no habían más palos ni nada que sacar, quemar o robar. Por lo mismo es que la protesta de día se había trasladado a la plaza de armas o a tribunales, ya que por ambos lados se podía llegar a la comisaria.

En Tucapel, y por causas que aún no logro entender, el edificio de la caja Los Andes fue destruido, saqueado y quemado por nosotros mismos los manifestantes. Si bien este no era un claro símbolo del capitalismo, o algún referente de la lucha, sufrió lo que llamamos, la furia de los pueblos. Porque no nos íbamos a contentar con tirar algunas piedras y abollar apenas un guanaco, o lanzar piedras y que el zorrillo nos empapara de gases lacrimógenos. No. Había que quemarlo todo.

Fue así como se quemó la Gobernación y fue épico. Si bien, estábamos luchando por causas que no eran para nada alegre, sino más bien malvadas y llenas de aprovechamiento, ese día experimente la alegre rebeldía, y fue cuando un muchacho salió con un trofeo de la Gobernación, era el retrato del

presidente, ese retrato que está en todos los colegios, en todos los consultorios, en todos los edificios públicos de la nación. La alegría fue instantánea, que ese joven haya salido con ese retrato me teletransporto a los primeros hombres descubriendo el fuego, porque nada podía ser mejor, en aquellas tardes eternas de lucha y perdigones.

Que contradictorio es sentir la alegre rebeldía en medio de la pobreza, de la indigna situación que vivíamos, porque no teníamos nada, no habíamos ganado nada y éramos felices.

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Pasaron algunos días, y la protesta seguía igual de álgida que los primero días de la revuelta. Aquel día estaba nublado y la climatología señalaba lluvia. El Sodimac que había abastecido a     todas   las   barricadas   de   Concepcion   también     había abastecido con el equipo necesario para que la primera línea atacara sin tregua a la comisaria, a los pacos y a las injusticias. Desde aquel lugar sacamos guantes, mascarillas contra gases y el valor suficiente para seguir dando cara por días (o años) Aquel día estábamos en tribunales, en aquel edificio que tenía un hall al aire libre que nos permitía mantenernos secos por algunos momentos. El olor de aquel lugar era entre cerveza, marihuana  y lacrimógena, porque siempre   estaban     los descolgados de siempre, que se ponían un poco más tontos para hacerles más fácil la pega a los pacos.

Aquel día fue inolvidable. Porque las lacrimógenas eran apagadas por la lluvia y la primera línea estaba mojada y el guanaco jamás lanzaría mas agua que las nubes. La sinergia que provocó la lluvia jamás la volví a ver. Éramos miles y a nadie le importaba mojarse un poco, la dignidad será recuperada incluso cuando estemos mojados y embarrados.

Recuerdo que aquel día me dediqué a lanzar lacrimógenas de vuelta a los pacos, porque si bien se apagaban fácilmente, el suelo quedaba impregnado de ese material de mierda, por lo que mi labor era devolver las lacrimógenas. No era el único con esta misión, habían varios compañeros y compañeras que les gustaba esta misión. Fue cuando iba en busca de una lacrimógena, como si fuera la contención del equipo de futbol, un perro, cuando me vi envuelto en una situación de lo más graciosa. Cuando ya estaba sobre la lacrimógena resfalé y barrí a un compañero, lo barrí de tal manera que este se cayó, fue una falta, fue como si estuviera en la cancha yendo con todo y nisiquiera al balón. Fue devuelta la lacrimógena, pero el compañero quedo adolorido por aquella patada que le pegue sin querer.

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¿Cuánto valor hay que tener para lanzar la primera piedra?

¿Cuántos de nosotros tenemos que morir para que alguien lance un coctel molotov? ¿Cuánta pobreza tiene que haber en el pueblo para que nos levantemos? Encapuchado, en la primera línea, las balan serpentean en el aire y el grito de las entrañas de la población, de la infancia vulnerada, de las y los estudiantes rebeldes, de los sin nada, gritaban que iban por todo.

Soñabamos con ver arder la comisaria, soñábamos con un futuro digno, pero nada de eso paso.

Reflexión postmoderna del marxismo

La lucha de clases es parte del pasado, la moda ahora es hablar redundantemente de lo que dijo la compañera, pero decirlo de nuevo, porque necesito ser pretencioso y necesito que me escuchen, porque la revolución es poesía y arte y que si todos nos tomamos de las manos podríamos sentir esa sinergia, ese poder que reside en nosotros, los seres de luz.

Lo binario ya no está permitido, que la lucha entre burgueses y proletariado se reduzca a ese binomio es una teoría que en la práctica ya no funciona. Y no funciona porque la naturaleza, la basureada naturaleza no es proletariado y los hombres que violentan a las mujeres no necesariamente son parte de la burguesía. Los animales no humanos no son proletariado, ni menos burguesía. Solo hay un binomio moderno que el posmodernismo acepta, y es el binarismo de lo real y lo que no es real. Aunque en esta época, a todes les gusta creer en cosas que no ven, porque cuando se mata a dios, a ese dios nietzschiano, con ellos se levantan diez dioses nuevos, que no tienen nombre de dios, sino que de vidas pasadas, de vidas futuras, de vida eterna, de energías misteriosas, de secretos, de horóscopos y cartas astrales.

El veganismo es una de las banderas de lucha del posmodernismo. No a la explotación animal, no comamos nada que venga de un animal. No hay que ser especista, pero este discurso se muere de inanición cuando se enteran que el ser humano es también un animal y que sin la explotación de este estamos condenados. Condenados a vivir en una vida de guerra y hambre. No voy a explotar a un animal, pero si se trata de ganar dinero esperare al capitalismo en mi cama, desnudo, perfumado y depilado, porque el dinero me encanta, pero ¿alguien quiere pensar en los vacunos, en los pollos y sus huevos?.

Si no queremos vivir de la explotación ajena, animal o humana, le invito a tomar unas bombas y apegárselas muy fuerte en el cuerpo, para luego ir a explotar ojalá en donde vivan todos esos explotadores.

Compañero, no comparto nada de lo que dices, de seguro es ignorancia y falta de estudio, me gustaría quedarme a solucionar el conflicto, pero mejor me voy, que otro lo haga.

Entre otras noticias, se reporta que en el Hospital Regional de Concepción las guaguas están naciendo con mascarillas puestas, con cascos de obreros y el celular en la mano. En cambio, en las clínicas privada nacen limpios, siendo jefes y sin uñas, porque siempre va a haber alguien que les puedan pelar las naranjas.

BonusTrack Anticolonialista

Una de las contradicciones que jamás entendí, hasta aquellos días de la revuelta, fue que en nuestra plaza de armas en esquinas opuestas se encontraban dos estatuas que representaban un valor totalmente contrario.

En un rincón y con una lanza en su mano se encuentra Lautaro, de un bronce brillante, mirando el horizonte, hacía el Rio biobio, ejemplo de libración y liderazgo mapuche.

En el otro rincón estaba Pedro de Valdivia, de un bronce verdoso ,un conquistador español que nos esclavizó y colonizó parte de nuestro país, con la religión por delante y las armas al frente.

Aquel día que por fin botaron la estatua del conquistador yo no me enteré hasta que llegué a mi casa. Todo el día estuve peleando en el flanco de tribunales y sin tregua, jamás los pacos avanzaron, cansado me fui a mi casa. La sorpresa fue grata cuando me enteré que había sido un participe indirecto de la caída de la estatua de Pedro de Valdivia. Los pacos nunca pudieron entrar a ninguna calle que colindaba con la estatua, porque éramos miles, que a punta de piedras los hacíamos retroceder. Un simbolismo que significaba mucho pero a la vez nada, porque habíamos sacado al conquistador de nuestra plaza y dejando solo a Lautaro, porque él se merecía su estatua.

Con eso derribamos a nuestros antiguos héroes, pero no íbamos a recuperar todas las tierras perdidas, ni a todos los indígenas que el imperio español mató. Solo era un mensaje, que la revuelta también era anticolonial.

Texto: Gonzalo Rivas Neira

Blog personal: https://ojosdiafanos.wordpress.com/

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